Coleccionaba amores desgraciados
soldaditos de plomo mutilados,
pero quiso una noche comprobar
para qué sirve un corazón…
Joaquín Sabina y Fito Páez
Sobre los prototipos que no llegan al portafolio, los objetos que casi fueron y por qué todo eso también es Food Design.
El cajón de los soldaditos
Ayer, limpié mi escritorio y guardé un cangrejo.
Se quedó a vivir en el caos entrópico que es mi escritorio, porque el pobre tiene siete patas y si saben de cangrejos, jaibas y pangoras, sabemos que deberían tener ocho. El cangrejito de madera perdió una patita en algún punto del proceso de producción. Se en cual fue, pero para que este texto tenga mucho más ritmo diré que pudo ser por un molde que no cerró bien, un pegamento que secó antes de tiempo, o simplemente el momento exacto en que una pieza decide no ser lo que tenía que ser. En fin, pasó lo que tiene que pasar. Lo aparté y lo guardé.
El cajón que existe en todos los estudios de diseño
Y ahí está ahora, con sus siete patas, en un cajón plástico de chécheres bajo mi escritorio, tengo ese cajón hace años, llegó seguramente en algún festejo navideño. No es un cajón bonito ni está organizado. Es el tipo de cajón que existe en todos los estudios de diseño aunque nadie lo mencione: el cajón donde van a parar las cosas que casi fueron.
Hay prototipos de empaques para bizcochos — la forma está bien, el gramaje está bien, la idea está bien. Pero el color no era ese, nunca llegó a tener marca porque no encajaba todavía. También hay 4 modelos diferentes de mini cajas de pizza. La quinta fue la vencida, ajustada a lo que queríamos pero hoy: completamente anónimas. Podrían ser de cualquier pizzería del mundo o de ninguna.
Hay un charol que emiten luz — solo hay que ponerle la batería, que fue cedida a otro proyecto — aunque ahora que lo pienso bien, no se si las conexiones están completas. Un montón de proyectos e ideas que funcionan a medias, son la promesa de algo que todavía no terminamos de resolver.
Son los soldaditos de plomo de Andersen. -diré-
El que tiene una sola pierna y aun así lo guarda el niño.
Aun así lo lleva a la aventura.
Lo que me sorprendió ayer, mientras guardaba el cangrejo, fue darme cuenta de la cantidad de cosas que hay en ese contenedor
No es el archivo de los fracasos
No lo cuento como un inventario de fracasos — ya que muchos de los objetos son objetos de series cortas que hemos trabajado con éxito— Lo cuento como un inventario de trabajo que no siempre sale a la luz, ni en el portafolio, ni en Instagram, ni en ningún sitio donde Ficto y yo mostramos lo que hacemos. Porque el algoritmo y su juego nos pide que mostremos los espacios terminados: la barra bien iluminada, el salón con gente adentro, el sketch que se convirtió en realidad.
Y me he guardado muchas de estos objetos, cosas con nostalgia, muchas de ellas a espera del tiempo perfecto para terminarlas.
Todo eso también es Food Design
Food Design no es solo diseñar el espacio donde se come. Es diseñar la experiencia completa — los objetos que tocan la comida, los que la contienen, los que la presentan, los que crean el contexto en el que alguien decide que lo que está comiendo es bueno.
Es el aplique de cangrejo en la mesa. Es la caja de pizza que alguien va a abrir en una fiesta. Son cosas pequeñas, lo se, pero son cosas que en la mayoría de los proyectos se dejan fuera de conversación porque hay mil urgencias antes que pensar en el charol que llega a la mesa iluminando vasos desde abajo. Pero son las cosas que, cuando se resuelven bien, hacen que una experiencia gastronómica pase de correcta a memorable.
El cajón existe porque queremos hacer que las experiencias sean siempre memorables. Aunque no siempre llegan al producto final. No siempre llegan al portafolio. Pero aprovecho el espacio para contarles que: están pasando.
Me incomoda —o en términos más míos, me jode— no tenerlo documentado.
No el cajón en sí ya que puedo tomar fotos del contenido una mañana sin urgencias, me jode no tener documentado el proceso de estos objetos divertidos y todas las decisiones y los astros que llevaron a ese cangrejo a tener siete patas en lugar de ocho. Así como, las iteraciones del empaque, las versiones del charol antes de que llegara al modelo que no recuerdo si se prende o no. Es un archivo que existe solo en objetos físicos guardados en un cajón -y ahora que lo recuerdo en unos cuantos cartones—. Y eso, para alguien que trabaja con diseño, es una contradicción incómoda
Lo resolveré un rato de éstos, pero primero lo voy a nombrar como:
El cajón de los soldaditos.
Ahí está el cangrejo. Ahí están los empaques. Ahí están los charoles que brillan a medias. Ahí está todo lo que hago, lo que hacemos pero que no siempre mostramos.
No es el archivo de los fracasos. Es el archivo de las conversaciones en proceso.
Y un día de estos, lo abro de verdad.
¡Salud!
¿Tienes un proyecto de gastronomía donde el diseño debería llegar más lejos?
En Ficto® diseñamos restaurantes, bares y cafeterías en Ecuador. Y a veces, cuando el proyecto lo pide, también diseñamos lo que va en la mesa.
El cuento completo del soldadito de plomo, se puede leer aquí:
Soldadito de Plomo, Andersen
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